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PARA REFLEXIONAR
Y
NADÓ EL HIERRO
El hombre de Dios preguntó: “¿Dónde cayó?” Le
mostró el lugar. Y él cortó un palo, lo echó allí e hizo flotar
el hierro. 2 Reyes 6:6
¡Qué tragedias! ¡Se perdió el hacha! Según los
conocimientos de la época, no había forma de recuperarla. Las
alternativas no eran muy buenas. Y lo triste es que era un tiempo en
que no había mucho hierro en la nación, y solamente las personas con
un gran poder adquisitivo eran capaces de poder permitirse el lujo de
tener herramientas tales como un hacha de ese metal. Y sólo se
prestaba para cosas muy concretas a personas a las que se estimaban
dignas de plena confianza. De modo que lo que estaba en juego era
mucho más de lo que hoy podría suponer la pérdida de una
herramienta de uso común.
Aparte del quebranto económico que podía suponer para
las escuelas de los profetas devolver el hacha perdida, la propia
calidad de la enseñanza y la disciplina de tal institución podían
quedar en entredicho a los ojos de sus conciudadanos.
Ahí estaba el problema de la situación. Con la pérdida
del hacha estaba en juego el buen nombre y la reputación de los hijos
de los profetas como personas fiables. Estos entendieron que la
devolución del hacha a su dueño era una necesidad de primer orden,
pues, aparte de no tener que incurrir en el pago de una cantidad
cuantiosa por la pérdida, significaba además que la institución que
representaban no sufriera merma a los ojos del pueblo. La angustia de
los hijos de los profetas derivaba de su celo por la palabra de Dios
en medio de una sociedad muy necesitada de ella.
Como narra el pasaje de hoy, el Señor actuó para
mantener la credibilidad de las instrucciones comunicadas a la
sociedad por aquellos jóvenes estudiantes y para que sus palabras no
dejasen de oírse en la tierra de Israel. No hay nada imposible para
nuestro Dios. Aunque no sabemos del todo cómo lo hizo, hasta la
aparente imposibilidad de que un hacha flote se realizó con el propósito
de que siempre se crea un “así dice Jehová”.
Por medio de sus profetas Dios enseño su revelación,
en la antigüedad y ahora, para mostrarnos el camino de salvación.
Recordemos que solamente en la medida en que creamos y aceptemos al Señor
seremos salvos.
2 Reyes 5: 1-6:33; 2 Corintios 3:1-4:18
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